viernes, 9 de diciembre de 2016

Ibn Ezra: el judío que invento el cero.

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Ibn Ezra, el judío de Tudela que inventó el cero


El año 2004, Córdoba y buena parte del mundo de la cultura celebraba el aniversario de la muerte del médico y filósofo judío Maimónides en 1204. Fue un paso hacia la recuperación histórica de grandes figuras del pensamiento judío hispánico. El mismo Maimónides tenía una figura admirada en la España de los judíos sefardíes: Abenezra de Tudela, matemático, filósofo, poeta y probablemente el inventor del cero. “Te animo a que leas y ocupes tu inteligencia solamente en los comentarios y escritos de Abraham Ibn Ezra”, escribiría el cordobés en una carta a su hijo.

Abraham ibn Ezra (1089-1167) nació en Tudela, cuna de otros hebreos ilustres como el viajero y cronista Benjamín de Tudela o el poeta Yehudá (Judá) ha-Leví. La comunidad judía florecía en el clima tolerante de los reinos de taifas. Ibn Ezra, hombre de inquietudes enciclopédicas, se dedicó sobre todo a la poesía (religiosa a veces, profana y humorística otras) hasta que dejó la ciudad ya mayor.

No fue hasta los 52 años, ya en el exilio, que se volcó en la investigación intelectual, convertido en un auténtico erudito errante. Al parecer abandonó Tudela poco antes de ser conquistada por Alfonso el Batallador porque su hijo Isaac se había convertido al Islam y quería evitar que su otro hijo fuera asimilado por la religión mahometana.

Frutos en Europa

Estando en Roma escribió un comentario sobre el Libro de Job, un tratado de lingüística hebrea y tradujo al hebreo las gramáticas de Yehudá Hayyuj. Abordó el Libro de Daniel con una exégesis bíblica.

En la ciudad de Lucca desarrolló sus teorías sobre los números y escribió un manual sobre el uso del astrolabio, el instrumento que desde el 150 aC se venía usando para encontrar estrellas.

Su obra El Libro del número, en su estilo didáctico y claro habitual, presenta en el s.XII a los judíos un esquema de los números indios adaptados por los musulmanes, tarea de divulgación que entre los cristianos hacían esas fechas Adelardo de Bath o Juan de Sevilla. Para escribir decimales, se le ocurrió utilizar un circulito donde otros dejaban espacios, con lo cual probablemente fue el inventor del dibujo del cero.

Visitó las comunidades judías de Francia transmitiendo sus descubrimientos. En Inglaterra tradujo al hebreo las tablas astronómicas de Al-Juarizmi (el astrónomo y matemático persa del que viene la palabra “guarismos”). Al parecer murió de vuelta a España, en Calahorra, en el año 1167.

La influencia de los astros

En una época en la que todos creían en la influencia de los astros, el astrónomo judío pensaba que a cada uno de los Diez Mandamientos le correspondía un planeta rector: así, Venus influía en el adulterio.

La idea casaba muy bien con la visión medieval jerárquica y clasificadora, fuera entre judíos, cristianos o musulmanes. Abenezrá creía, sin embargo, que los astros influían, no determinaban y que cumpliendo la voluntad de la Ley de Dios y sometiéndose a Él se podía cambiar la mala influencia de los astros.

Por esos años escribiría el también enciclopédico beato mallorquín Ramón Llull: “comete pecado quien tiene más miedo de Cáncer o Géminis que de Dios”.

Un mirada racional a la Biblia

El sabio de Tudela, conocido en el extranjero como “Ibn Ezra ha-sefaradí”, es decir, el español, defendía una lectura de la Biblia fiel al texto pero con atencicón a los símbolos y metáforas, aplicando una mirada racional y sistemática.

“Te daré una regla para la Torá, tanto para la Biblia como para la Misná (la ley oral), para todos sus tratados y para todas sus leyes: si se encuentra en ellas algo que contradiga el juicio razonado correctamente, o si un texto contradice a otro o la propia tradición, entonces debemos tratar de corregirlo según nuestra capacidad”, escribirá. Las Biblias hebreas medievales en esta tradición suelen acompañar el texto sagrado con anotaciones, comentarios y fábulas explicativas en los márgenes.

Aunque se apegaba al texto, consideraba que en algunos casos había que apartarse del sentido literal. Fue uno de los precursores en afirmar que la ciencia no tenía por qué estar en contradicción con los textos sagrados.

En los últimos años, trabajos como los de M. Gómez Aranda (Ibn Ezra, Maimónides, Zacuto, Sefarad científica, Ediciones Nivela, Madrid, 2003) están ayudando a recuperar y divulgar la importancia de los pensadores y científicos sefardíes.

Fuente: Forum Libertades

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