martes, 3 de enero de 2017

El judaísmo y el poder de los nombres

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Tu nombre es la llave para conocer tu alma.


por Rav Benjamín Blech

El nombre Sandy fue removido como un posible nombre para tormentas tropicales debido al terrible daño y a las 72 muertes que causó en la costa este de los Estados Unidos a finales del 2012.

Los nombres de las tormentas son reciclados cada seis años aproximadamente, a menos que causen daños catastróficos. En tal caso, simplemente no queremos tomar el riesgo de que otra tormenta con el mismo nombre cause daños similares.

¿Te suena supersticioso?

Una pregunta más seria que debemos considerar es si los nombres realmente tienen un significado más profundo; y si nuestros nombres tienen alguna importancia. La respuesta, desde una perspectiva judía puede sorprenderte.

Los nombres representan nuestra identidad no sólo porque son una manera conveniente de distinguirnos el uno del otro, sino porque nos definen. El nombre que recibimos al nacer no es fortuito. Es, hasta cierto punto, profético. Captura nuestra esencia. Es la llave de nuestra alma.

La palabra en hebreo para ‘alma’ es neshamá. La parte central de esta palabra, las letras del medio shin y mem, forman la palabra shem, que significa ‘nombre’. Tu nombre es la llave para conocer tu alma.

El Midrash nos enseña que a pesar de que la profecía se acabó después de que se terminó de escribir la Biblia, todavía hay una pequeña área en donde podemos experimentar un cierto aspecto de profecía. Esto es, cuando elegimos un nombre para nuestros hijos.

Los nombres de nuestros hijos son el resultado de una colaboración entre nuestro esfuerzo y la respuesta de Dios.

Los nombres de nuestros hijos son el resultado de una colaboración entre nuestro esfuerzo y la respuesta de Dios, es por eso que la palabra en hebreo para ‘nombre’, shem, tiene el mismo valor numérico que la palabra en hebreo para ‘libro’, sefer, esto es, 340.

Los nombres son un libro. Ellos cuentan una historia. La historia de nuestro potencial espiritual, así como también la de nuestra misión en la vida. Eso explica el fascinante Midrash que dice que cuando completemos nuestros años en esta tierra y nos enfrentemos al juicio celestial, una de las preguntas más poderosas que nos preguntarán es: ¿Cuál es tu nombre? Y ¿Le hiciste honor a tu nombre?

¿Quién fue el primero en llamar a algo o alguien por su nombre? La Torá deja en claro que no fue otro sino Dios. Y Dios utilizó los nombres no sólo para identificar, sino que los utilizó para crear.

Cuando la Torá dice “Dios creó”, no sugiere que Él realmente realizó una labor manual, sino que simplemente habló, y las palabras que describían el objeto hicieron que este comenzara a existir. Dios dijo “que haya luz, y hubo luz”. Dios simplemente nombró las cosas, y las mismas letras de estos nombres moldearon la estructura atómica de estas cosas.

Los nombres no son sólo una forma conveniente de diferenciar objetos. Los nombres son responsables por las diferencias que existen entre todas las cosas creadas en este universo.

Los nombres existen antes de las cosas que luego serían identificadas con estos nombres. Los nombres no son la descendencia, sino los padres de todo lo que hay en el universo. Las cosas son como son llamadas. O en palabras más simples, las cosas son lo que son por el nombre que recibieron, a pesar de la creencia de Shakespeare de que “Una rosa con otro nombre no dejaría de esparcir su aroma”.

Es por ello que:

Cuando Abram llegó a la comprensión del monoteísmo, su nombre tuvo que ser cambiado: “Tú nombre no será más Abram, sino que desde ahora serás llamado Abraham, porque yo te haré padre de multitud de naciones” (Génesis 17:5). El cambio de identidad requirió un cambio de identificación.

Cuando Yaakov, cuyo nombre provenía de la raíz de la palabra hebrea ekev ‘tobillo’ —que era tan perfectamente adecuado para alguien cuyo acercamiento a los problemas de la vida fue siempre “salir arrancando”— se dio cuenta que tenía que pelear en vez de volar, el ángel le informó: “Ya no será tu nombre Yaakov, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has prevalecido” (Génesis 32:29). Un cambio drástico de estilo de vida trae consigo una nueva descripción personal.

Cuando los hijos de Israel fueron redimidos de Egipto, el Midrash dice que fue en mérito de tres cosas que Dios notó su sufrimiento y decidió intervenir para asegurar la continuidad del pueblo. Los judíos podían no ser perfectos en muchos aspectos, pero por sobre sus pecados estaba el hecho de que ellos “no cambiaron sus nombres, su lenguaje ni sus vestimentas”. Primero y ante todo, ellos mantuvieron una conexión con sus identidades verdaderas al no cambiar sus nombres.

Si una persona está críticamente enferma, la ley judía sugiere un poderoso último recurso: cambiar el nombre del individuo para alterar el decreto Divino. Añadir el nombre Jaim, que en hebreo significa ‘vida’, es un famoso ejemplo de esto.

Es nuestra costumbre como pueblo nombrar a los niños a partir de personas que admiramos o a partir de personas cuyos nombres queremos rememorar. Vincular a un recién nacido con una persona del pasado es conectar dos almas en un inseparable lazo de vida.

De hecho, la Biblia increíblemente nos dice “Según su nombre, así es él” (Samuel I, 25:25). Los sabios talmúdicos ofrecen incontables ejemplos de conexión entre los nombres de ciertos personajes bíblicos y sus acciones.

Siempre dejaremos atrás nuestros nombres como un legado final.

¿Acaso esto significa que estamos predestinados a vivir nuestras vidas circunscritos por algo que está más allá de nuestro control? ¿Estamos condenados a actuar los roles que nuestros padres nos asignaron cuando éramos infantes? ¿Acaso nuestro libre albedrío está limitado por nuestros nombres? ¡Por supuesto que no! El judaísmo enfatiza el principio de la libertad de elección. Sin embargo, nuestros nombres son indicadores de nuestro verdadero potencial y predictores de nuestro posible futuro.

No son nuestros nombres los que nos fuerzan a ser lo que somos, sino que lo que somos, nuestra esencia, se transmite a sí misma de una profunda manera profética a aquellos que están a cargo de la sagrada tarea de elegir nuestros nombres. Es un mensaje de Dios directamente a los encargados de elegir nuestros nombres para ayudarnos de esta manera a definir nuestra misión en la tierra.

Así que, si bien estamos lejos de ser como el Huracán Sandy, tenemos que reconocer que siempre dejaremos atrás nuestros nombres como un legado final. Nuestros nombres viven aún después de nosotros. Hagamos todo lo posible para que seamos recordados para bien.


Fuente: Aish Latino 

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