sábado, 21 de enero de 2017

La ingratitud te lleva a negar a Dios

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“Y se levantó un nuevo rey en Egipto que no conocía a Yosef” (Shemot 1:8).


Rashí cita a nuestros sabios (en Sotá 11a)1 y explica que no se trataba de un rey nuevo que en verdad no conocía a Yosef, sino el mismo que hizo como si no lo conociera.

La justificación de Rashí es muy simple: Yosef fue una persona increíblemente importante en Egipto: gracias a él Egipto se convirtió en la potencia más rica de su época y gracias a Yosef el faraón mismo acumuló enormes riquezas. Siendo así, ¿cómo es posible que un rey no hubiese sabido de su existencia?

Normalmente los reyes de cualquier país saben de la historia de su propio pueblo, por lo que es improbable suponer que un nuevo rey no hubiese escuchado de Yosef. Debe ser, deducen los sabios, que no era un nuevo rey que no conocía a Yosef, sino el mismo faraón que previamente se había visto beneficiado por él, pero que ahora lo desconoció.

Más adelante en la parashá encontramos que Dios le dice a Moshé que hable con el faraón y le pida que deje salir a los hijos de Israel en libertad. Moshé lo hace y el faraón responde “¿Quién es Dios como para que lo escuche? No conozco a Dios” (Shemot 5:2). También esta pregunta es curiosa: ¿acaso el faraón no conocía a Dios? La mayoría de los comentaristas señalan que sí lo conocía,2 que sí había escuchado hablar de Dios y sabía quién era. Siendo así, ¿cómo es posible que ahora lo desconociera?

La respuesta es la siguiente: a mayor gratitud que una persona experimenta hacia a aquél que lo benefició, más cercano está en agradecer a Dios por haberlo creado y por todos los beneficios que constantemente nos prodiga. Lo opuesto también es cierto: a mayor ingratitud de una persona, más rápidamente negará a Dios. En otras palabras, cuando una persona es ingrata —inclusive hacia una persona—, eventualmente negará al Creador.

Aunque esta afirmación parece descabellada, no lo es tanto. La creencia en Dios está basada en la gratitud hacia Él. De hecho, esta es la razón por la cual Dios se presentó al inicio de los Diez Mandamientos, en el versículo del cual aprendemos la obligación de creer en Él, como “Yo soy Hashem tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto” y no como “Yo soy Hashem tu Dios que creó el cielo y la tierra”, pues la creación del cielo y la tierra no hubiese evocado en ellos un sentimiento de gratitud tan poderoso como el sacarlos recientemente de la esclavitud egipcia. El Jobot haLebabot escribe3 que la motivación adecuada que una persona debe tener hacia Dios es la de la gratitud por todas las incontables bendiciones que le concede.

Aunque los mandamientos de la Torá sí están divididos en mitzvot bein Adam leJaberó (mandamientos entre una persona y su prójimo) y las mitzvot bein Adam leMakom (mandamientos entre una persona y el Creador), la personalidad humana no goza de esta distinción. Quien es paciente, lo será con sus compañeros y con Dios; quien es intolerante, lo será con su prójimo y también con lo que recibe de Dios; quien es agradecido, lo será con todos aquellos que lo benefician, ya sea el Creador o cualquier otra persona. Lo mismo aplica para la ingratitud: quien es ingrato hacia alguien, lo será también con Dios, a grado que terminará desconociéndolo.

El faraón empezó a ser ingrato con Yosef al desconocerlo, negando así todo el beneficio que le había proporcionado anteriormente y terminó desconociendo al Creador.

Fuente: Aish Latino

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