lunes, 17 de abril de 2017

El faraón contra Moisés, treinta y cinco siglos después

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De ser gobernantes en Egipto pasamos a ser esclavos porque no quisimos ser judíos: no quisimos unirnos por encima del odio.


La historia de cómo los hebreos fueron liberados de la esclavitud ha cautivado la imaginación de millones de personas a lo largo de la historia. El Éxodo se ha convertido en un símbolo de la lucha del hombre por liberarse de la opresión y la injusticia. Pero hay algo peculiar en el Éxodo: la Torá exige a cada uno de nosotros que cada día nos veamos como si acabáramos de salir de Egipto. ¿Por qué es tan importante esta historia? ¿Tal vez bajo ese relato épico existe un significado más profundo y enigmático?

Si observamos los textos de nuestros sabios a lo largo de los siglos, veremos que el éxodo de Egipto define un proceso que atravesamos actualmente como judíos, y que afecta a nivel mundial a las vidas de judíos y no judíos. Si llegamos a una mejor comprensión de este proceso, hallaremos respuestas convincentes a muchas de las apremiantes cuestiones de hoy para los judíos, como la esencia del judaísmo y por qué hay antisemitismo.
El secreto de Abraham

Cuando los hermanos de José se fueron a Egipto, disfrutaron de la mejor vida que uno pueda imaginar. Bendecido por el faraón, José era de facto quien gobernaba Egipto. “Tú estarás sobre mi casa, y todo mi pueblo obedecerá tu orden”, le dijo el faraón a José. “Mira, te he puesto sobre toda la tierra de Egipto. (…) Y aunque yo soy el faraón, nadie levantará su mano ni su pie sin tu permiso en toda la tierra de Egipto” (Génesis 41: 40-44).

Bajo el liderazgo de José, Egipto no solo se convirtió en una superpotencia, sino que también hizo que las naciones vecinas rindieran tributo al Faraón, acopiando su dinero, tierra y rebaños (Génesis 47: 14-19). Sin embargo, los principales beneficiarios del éxito de Egipto fueron los hebreos. Siendo conocedor de a quién debía su riqueza y fortaleza, el faraón dijo a José: “La tierra de Egipto está a tu disposición. En lo mejor de la tierra haz habitar a tu padre y a tus hermanos; que habiten en la tierra de Gosén, y si sabes que hay hombres capaces entre ellos, ponlos a cargo de mi ganado. (Génesis 47:6).

El secreto del éxito de José era su linaje. Tres generaciones atrás, Abraham, su bisabuelo, había visto cómo los habitantes de Ur de los Caldeos perdían su estabilidad social debido al creciente odio entre el pueblo. La gente se volvió cada vez más egocéntrica y distante por toda Babilonia. Esto se manifestó de forma palpable en el empeño por construir la ambiciosa Torre de Babel. El libro Pirkey de Rabí Eleazar describe cómo los constructores de la Torre de Babel solían “llevar hacia arriba los ladrillos [para construir la torre] desde el este, para luego descender por el oeste. Si un hombre caía y moría, no le daban ninguna importancia. Pero si caía un ladrillo, se sentaban y gemían: ‘¡Ay de nosotros! ¿Cuándo vendrá otro en su lugar?’”. Finalmente, el libro continúa, los babilonios “querían hablar entre sí, pero no conocían el idioma del otro. ¿Qué hicieron? Cada uno tomó su espada y lucharon entre ellos hasta la muerte. De hecho, medio mundo fue masacrado allí, y desde ahí se esparcieron por todo el planeta”.

Con gran desesperación, Abraham reflexionó sobre la difícil situación de sus conciudadanos y comprendió que el crecimiento del egoísmo no podía detenerse. Para superarlo sugirió a sus ciudadanos que aumentaran la cohesión de su sociedad a la par que aumentaba el ego. En Mishná Torá (Capítulo 1), Maimónides esto es descrito como el comienzo de Abraham “dando respuestas a la gente de Ur de los Caldeos”.

El éxito de Abraham llamó la atención de Nimrod, rey de Babilonia, quien según el Midrash (Bereshit Rabá 38:13), se enfrentó a Abraham y trató de demostrar que estaba equivocado. Pero el rey Nimrod fracasó, y expulsó a Abraham de Babilonia. Y mientras el expatriado vagaba hacia la futura Tierra de Israel, continuó contando a la gente acerca de lo que había descubierto y congregando seguidores y discípulos. De acuerdo con Mishná Torá de Maimónides (“Reglas de la idolatría” Capítulo 1: 3), “Miles y decenas de miles se reunieron en torno a Abraham. Plantó este principio [de la unidad como un antídoto contra el egoísmo] en sus corazones, compuso libros sobre ello y enseñó a su hijo Isaac. Isaac se sentó y enseñó e instruyó a Jacob, y lo nombró maestro, para que se sentara y enseñara (…) Y Jacob nuestro Padre enseñó a todos sus hijos”. Cuando apareció José, ya contaba con un método bien establecido para lograr la prosperidad y la estabilidad social empleando la unidad frente al creciente egoísmo y la separación.
Cómo cambiaron las cosas para nosotros

Como vimos más arriba, el faraón promovió la unidad de los hebreos. Les entregó, solo para ellos,

la mejor tierra en Egipto y les permitió cultivar su singular forma de vida –un ejercicio constante de unidad– ininterrumpidamente y con todo su apoyo. Con el tiempo, esa unidad especial acabaría convirtiéndose en la esencia del judaísmo. Tal como nos cuenta el libro Yaarot Devash (Parte 2, Drush no. 2), la palabra Yehudí (judío) viene de la palabra Yihudí, que significa unido.

Los problemas empezaron con la muerte de José. El faraón, dice el libro Noam Elimelej, “se llama ‘inclinación al mal’”. El faraón no es simplemente egoísmo: es el epítome del mismo. Él será amable contigo mientras tú seas su sirviente. Cuando le dijo a José: “Y aunque yo soy el faraón, nadie levantará su mano ni su pie sin tu permiso en toda la tierra de Egipto”, lo que quiere decir es que José gobernaría Egipto porque el faraón sabía que la unidad valía la pena. Sin la unidad, no habría ninguna razón para dar ningún trato especial a la progenie de José.

Sin embargo, tras la muerte de José, los hebreos no mantuvieron la unidad. Querían ser como los egipcios: egoístas. Pero no eran conscientes de que, al hacerlo, perderían el favor del Faraón y se convertirían en lo que siempre han sido los judíos: parias. El Midrash Rabá (Éxodo, 1: 8) escribe: “Cuando murió José dijeron: ‘Seamos como los egipcios’. Y puesto que así hicieron, el Creador tornó el amor que los egipcios sentían por ellos en odio, como está escrito (Sal 105): ‘Él cambió su corazón para que odiaran a Su pueblo, para que abusaran de Sus siervos’”.

El libro de la conciencia (capítulo 22) escribe aún más explícitamente que si los hebreos no hubieran abandonado el camino de la unidad, no habrían sufrido. Después de citar el Midrash que acabamos de mencionar, el libro añade: “El faraón observaba a los hijos de Israel después de José y no reconocía a José en ellos”, es decir, la propensión a la unidad. Y porque “se hicieron nuevos rostros, el faraón declaró nuevos decretos para ellos. “Ya ves, hijo mío”, concluye el libro, “todos los peligros, y todos los milagros y tragedias, vienen de ti, son por ti y debido a ti”.

En otras palabras, el faraón se volvió contra nosotros porque abandonamos nuestro camino, el camino de la unidad por encima del odio, y quisimos dejar de ser hebreos. A lo largo de nuestra historia, las peores tragedias nos han acaecido cuando quisimos dejar de ser judíos y abandonar el camino de la unidad. Los griegos conquistaron la tierra de Israel porque queríamos ser como ellos y adorar el ego. Incluso luchamos por ellos como judíos helenizados combatiendo contra los Macabeos. Unos dos siglos después, el Templo fue destruido debido al odio infundado entre nosotros. Fuimos deportados y asesinados en España cuando pretendíamos ser españoles y abandonamos nuestra unidad. Y en Europa fuimos exterminados por el país donde los judíos quisimos olvidarnos de nuestra unidad y asimilarnos. En 1929, el Dr. Kurt Fleischer, líder de los liberales en la asamblea de la comunidad judía de Berlín, expresó con precisión nuestro problema de tantos siglos: “El antisemitismo es el azote que Dios nos ha enviado para que nos congreguemos y nos unamos”. Qué tragedia que los judíos de entonces no se unieran a pesar de la certera observación de Fleischer.
Éxodo

Cuando apareció Moisés, él sabía que la única manera de salvar a los hebreos era sacarlos de Egipto, sacarlos del egoísmo que estaba destruyendo sus relaciones. El libro Keli Yakar (Éxodo 6: 2) escribe acerca de Moisés: “El espíritu del Señor habló a la hija del faraón para que lo llamara Moshé (Moisés) de la palabra Moshej (tirar, jalar) porque él es quien saca a Israel del exilio”. Es decir, como hizo José antes que él, Moisés unió al pueblo que lo rodeaba y de ese modo los liberó de Egipto.

No obstante, incluso después de haber salido, los hebreos seguían en peligro de volver a caer en el egoísmo. Recibieron su “impronta” como nación solamente cuando volvieron a poner en práctica el método de Abraham: unirse por encima del odio. Y una vez que se comprometieron a estar unidos “como un solo hombre con un solo corazón”, fueron reconocidos como “nación”. A los pies del Monte Sinaí, de la palabra Sinaá (odio), los hebreos se unieron y con ello cubrieron su odio con amor.

Gracias a su unión, Moisés pudo restablecer el compromiso de los hebreos con la unidad como antídoto contra el egoísmo. Esta ha sido la esencia del judaísmo desde entonces o, en palabras del Viejo Hilel en El Talmud, “Aquello que odias, no lo hagas a tu prójimo; esa es la totalidad de la Torá” (Shabat 31a). Los judíos lograron superar innumerables pruebas y tribulaciones que sufrieron desde el Éxodo hasta la destrucción del Segundo Templo cubriendo su egoísmo con amor y unidad. El rey Salomón enunció concisamente el principio del judaísmo con un versículo en Proverbios (10:12): “El odio agita la contienda y el amor cubre todas las transgresiones”.


Faraón y Moisés dentro de nosotros

Al leer la Hagadá, sería bueno tener en cuenta que el faraón, José, Moisés y todos los demás personajes son algo más que una parte de nuestra historia. ¡Se nos dice que recordemos el éxodo de Egipto a diario porque en realidad ellos son partes de nosotros! Todos tenemos un faraón –la inclinación del mal– pero en nuestro interior carecemos de suficiente Moisés y José: las fuerzas de la unidad. Somos arrogantes, egoístas y centrados en nosotros mismos hasta llegar al narcisismo. Hemos abandonado nuestro judaísmo, nuestra tendencia a unirnos.

En consecuencia, del mismo modo que los egipcios se volvieron contra los hebreos cuando renunciaron al camino de José, el mundo hoy también se está volviendo contra nosotros por culpa de nuestra desunión. No encontraremos soluciones al antisemitismo suprimiendo las diatribas antisemitas. Eso no extirpará el odio. Como refleja El libro de la conciencia en la cita mencionada más arriba: “Ya ves, hijo mío, todos los peligros, y todos los milagros y tragedias, vienen de ti, son por ti y debido a ti”. Nuestra desunión enciende, alimenta y aviva las llamas del antisemitismo.

Cuando Abraham encontró el método para superar el egoísmo deseó compartirlo con todos. Del mismo modo, en cuanto los hebreos se convirtieron en una nación, se les encomendó ser “una luz para las naciones”. En otras palabras, se les encargó traer la unidad al mundo y completar lo que Abraham había comenzado. Pero para lograrlo, primero debemos salir de nuestro Egipto interno –el dominio del faraón dentro de nosotros– y adoptar el camino de José y Moisés, el camino de la unidad. Moisés sabía lo que Abraham quería lograr y trató de hacer lo mismo. El Ramjal escribió en su comentario sobre la Torá: “Moisés quiso completar la corrección del mundo en ese momento. Sin embargo, no pudo a causa de las corrupciones que surgieron a lo largo del camino”. Por lo tanto ser judío significa, al fin y al cabo, seguir el camino de Abraham y Moisés, el camino de la unidad, la solidaridad mutua y la hermandad. Cuando anhelamos la unidad, somos judíos. Cuando anhelamos otras metas, dejamos de serlo.
La fiesta de la libertad

La Pascua es la fiesta de la libertad. Ahora bien, no podremos ser libres mientras seamos esclavos de nuestros egos. La liberación del faraón significa liberarnos de la inclinación del mal: el deseo de dañar, dominar y oprimir a los demás. Y estamos lejos de ello. Mientras permanezcamos así, no hay esperanzas de que el antisemitismo desaparezca. Al contrario: solo crecerá porque, como antes mencionamos, nuestro egoísmo lo enciende, alimenta y aviva.

Si queremos celebrar un Séder apropiado, debemos colocar nuestras prioridades en el orden correcto: nuestra unidad es lo primero, y después todo lo demás. Podemos disentir en política, en temas de LGBT, sobre Israel o la familia. Pero si no nos unimos por encima de todas nuestras discrepancias, entonces estamos equivocados; sea cual sea nuestra opinión. Del mismo modo que una madre ama a sus hijos, independientemente de sus atributos, actos o creencias, debemos encontrar la manera de, por lo menos, comenzar a acercarnos al otro. Ese será el comienzo de nuestra liberación del faraón en nuestro interior.

Este año, al relatar la historia de nuestros ancestros, pensemos también en los ancestros ​​que hay dentro de nosotros: las fuerzas del egoísmo o las fuerzas de la conexión y de la hermandad. Pensemos a cuál de ellas estamos sirviendo y a cuál deberíamos servir.
Les deseo a todos una Pascua kosher (libre de odio) y llena de alegría.


Author : michaellaitman

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