sábado, 24 de junio de 2017

El hombre que llevó la Biblia a la Luna

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El martes 5 de febrero de 1971, a las 10:18 de la mañana hora peninsular española, aterrizaba con éxito la tercera misión humana a la Luna. Mientras los astronautas Alan Shepard y Edgar Mitchell daban sus primeros pasos en la formación Fra Mauro, un reverendo y científico de la NASA llamado John Stout vio cumplida la misión que llevaba años planeando sigilosamente: llevar la Biblia a la Luna. Aquel martes pasó a ser, sin que la mayoría del mundo lo supiera, el día en el que la primera copia del libro sagrado dejó la Tierra para posarse en un punto del espacio exterior.


El Apolo 14, la misión de Mitchell, Shepard y Stuart Roosa, llevaba en sus entrañas cientos de biblias en miniatura. Se trataba de un cargamento extraoficial que, una vez de vuelta en la Tierra, se convirtió en objeto de culto. Personalidades como George Bush padre y Richard Nixon recibieron biblias lunares, así como muchos trabajadores de la NASA que formaban parte de un grupo cristiano llamado la Liga de Oración del Apolo. Pasados los años, el recuerdo de aquella misión religiosa casi se ha borrado, pero las diminutas biblias siguen valiendo miles de veces su peso en oro. Más de cuarenta años después, la venta de aquellas biblias ha acabado en los tribunales de EEUU en uno de los casos más rocambolescos de la historia de los souvenirs espaciales.



Todo comenzó en enero de 1967. En un trágico accidente, los tres tripulantes del Apolo I murieron achicharrados en un incendio mientras preparaban su viaje a la Luna. Entre ellos estaba Edward White, un ingeniero del Ejército del Aire que había realizado la primera caminata espacial de EEUU. En una entrevista, White le dijo a un reportero que soñaba con poder llevar la Biblia a la Luna algún día. Sus palabras se convirtieron en una orden para el reverendo John Stout. Stout era un hombre de ciencia profundamente religioso que trabajó para la NASA en Cabo Cañaveral durante los programas Gemini y Apolo después de ser ordenado.



La misión para llevar la Biblia a la Luna se llevó a cabo envuelta en secreto. Las manifestaciones cristianas en el espacio se habían convertido en asunto delicado para el Gobierno de EEUU. En 1968 los tripulantes del Apolo 8 habían leído fragmentos del Génesis durante una conexión con la Tierra para celebrar la Navidad. La liga de Ateos Americanos denunció a la NASA por aquella ceremonia improvisada porque a su entender vulneraba la separación entre iglesia y Estado. La agencia espacial prefirió mantener un perfil bajo desde entonces. Dejó que los astronautas siguieran haciendo pequeños ritos religiosos, como una comunión improvisada durante la primera misión que llegó a la Luna, a bordo del Apolo 11, pero no las retransmitió en directo. Es de suponer que los responsables de la agencia no querían ni oír hablar de llevar una biblia a la Luna ni mucho menos contarlo al mundo entero.


Luego estaba el problema del tamaño. La Biblia del Rey Jacobo era un tocho de más de 1.200 páginas y 773.746 palabras. Era imposible llevar siquiera unas pocas. Por eso las biblias que llegaron a la Luna podían sostenerse en la yema de un dedo. Eran pequeños cuadrados que llevaban las páginas de la biblia microfilmadas que Stout haía encargado a una empresa especializada. Para leer el Génesis o cualquier otro libro, hacía falta una lente de aumento.

Las 100 biblias que finalmente llegaron a la Luna cabían en un paquete del tamaño de una caja de cerillas. Una fotografía tomada en 1971 ha inmortalizado el momento en el que el reverendo Stout le dio aquel paquete al futuro astronauta Edgar Mitchell, que accedió a llevárselas consigo.

“Llevaba las biblias en una bolsa donde nos permitían llevar nuestros objetos personales”, explica  Mitchell a Materia, al teléfono desde Florida. El astronauta recuerda que su única preocupación fue que el paquete cumpliese con la estricta restricción de peso impuesta por los ingenieros de la NASA. Una vez confirmado, se olvidó del asunto. “Estaba demasiado ocupado para ocuparme de aquello”, comenta Mitchell sobre las biblias.

Los libros microfilmados llegaron a la Luna aquella mañana de febrero a bordo del módulo de descenso. El paquete permaneció dentro de éste mientras Mitchell y Shepard pasaron dos días explorando su lugar de aterrizaje, el mismo en el que debía haberse posado la Apolo 13. De hecho los astronautas de aquella misión frustrada e histórica también llevaban un paquetito de biblias encargadas por Stout y entregadas por George Bush padre, entonces congresista republicano.

A su regreso Mitchell, devolvió el paquete a Stout. Este repartió las biblias entre autoridades como Richard Nixon y el propio Bush y miembros de la Liga de Oración del Apolo. También regaló una biblia lunar a la viuda de White, el astronauta malogrado del Apolo I. Un número de biblias quedaron en los archivos de la liga cristiana fundada por Stout. El tiempo fue borrando el recuerdo de aquellos hechos hasta que la existencia de las biblias lunares quedó casi en un completo olvido, hasta 2010.

Ese año, representantes de un asilo de ancianos del Estado de Texas irrumpieron en una subasta de una de las biblias lunares. Su propietaria era una escritora cristina llamada Carol Mersch. El propio reverendo Stout le regaló la biblia, según Mersch, que escribió un libro sobre la misión de la primera biblia lunar. Pero el Estado de Texas consideraba que aquella biblia era aún patrimonio de Stout y los bienes de Stout estaban ahora bajo la protección del Estado de Texas.

Unos meses antes los servicios sociales de Texas habían encontrado a Stout viviendo en “condiciones deplorables” junto a su mujer, según desveló la semana pasada el diario Houston Chronicle. Stout estaba sucio y descuidado y su casa llena de basura según el testimonio de uno de los empleados sociales que ayudaron al anciano. El reverendo fue llevado a un asilo de Dallas.

“Los Stout están recluidos en un asilo de Texas y les han cortado las comunicaciones”, explica Carol Mersch en un correo electrónico. La visión de la escritora es muy diferente de la de Frohman, que ha escrito en una web su propia experiencia con las biblias lunares. “Estoy consternada porque se los llevaron pocas semanas después de que les hiciese la última entrevista para mi libro y les encontré brillantes, elocuentes y adorables”, asegura Mersch. Según el Houston Chronicle, la escritora contrató a un detective privado para dar con los Stout y obtuvo la biblia que intentaba subastar poco después.

El lío legal entre Mersch y el Estado de Texas dura ya dos años. Un tribunal le dio permiso a la escritora para vender aquella biblia (en teoría para ayudar a Stout y su esposa con los beneficios), pero el Estado de Texas ha apelado. Hasta que no haya resolución, la venta de la primera biblia lunar queda en un limbo legal.


Fuente: Es Materia.

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