jueves, 8 de junio de 2017

Obligaron al rabino, amarrado a una silla, a ver cómo se quemaban los libros de la Torá

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Nací en Alepo en 1942 y salí de ahí en octubre de 1957. Los últimos años –a partir de que se estableció el Estado de Israel (1947-1948) fueron muy difíciles para la pequeña comunidad judía de Alepo. Todos eran considerados como “espías sionistas a favor del sionismo y del imperialismo”. Cualquier carta que recibía un judío proviniendo de cualquier lugar del mundo, en cualquier idioma, era confiscada y censurada por el servicio secreto. Y ¡pobre de aquel al que le enviaran alguna palabra en hebreo, o que sus correos llegaran de Tel Aviv o Jerusalén! Estas ciudades eran llamadas por los árabes “las tierras ocupadas por el sionismo”.



Tendría yo como 7 años y no recuerdo exactamente si fue un jueves o viernes de 1947, los árabes nos prohibieron ir al Kitab. Esa mañana escuchamos balazos y gritos en la calle y me subí a la azotea para ver qué sucedía. Vivíamos en un tercer piso, de donde miraba la plaza y la mezquita ubicadas a tres cuadras del Knis, en el barrio de Djemilíe.

Asustado como estaba, distinguí a una turba de musulmanes corriendo y sacando los Sifrei Torá, tirando uno sobre otro para quemarlos más rápido. Pude ver cómo los bañaron con gasolina –o diesel- y les prendieron fuego. Pero no conformes con ello, también saquearon e incendiaron el Kitab, que estaba casi pegado al Knis. Esto es algo que nunca se me va a borrar de mi mente… a pesar de ser sólo un niño, esto me dejó muy marcado.

Entonces los árabes ocuparon las calles y alrededor de mi casa había muchos manifestantes. Sonó el teléfono y el patrón de mi papá, que era árabe católico, le dijo a mi padre que enviaría a su hijo por nosotros.

Con mucho miedo y lo más rápido que pudimos, nos disfrazamos de mujeres musulmanas y subimos mis hermanos, mi hermanito de meses de nacido, mi madre y yo al auto, un Citroen que pertenecía al hijo del patrón. El auto giró en sentido contrario porque la multitud no lo dejaba pasar y, cuando se acercó un hombre bigotudo con un rifle en la mano preguntó: “¿Quién viaja en el auto?”, el chofer respondió que eran mujeres musulmanas, ya que ellos respetan y no tocan a las mujeres extrañas.

Mi mamá se pegaba en la cara del susto durante el trayecto y se la pasó llorando. Pasamos por el Centro Israelita de Alepo, donde la juventud acostumbraba reunirse y hacer fiestas. Justo ahí se estaban quemando los restos de los libros y objetos sagrados extraídos.

Finalmente llegamos a casa del patrón de mi papá. A pesar de que seguían las persecuciones contra los judíos, pudimos regresar a nuestra casa, que estaba intacta: gracias a D-os no habían tocado nada. Vivíamos en un tercer piso de un edificio de vecinos musulmanes y armenios. Cuando los musulmanes subían a ver si había judíos, nos escondíamos en la azotea, pero los vecinos aseguraban que ahí no vivía ninguna familia judía. En el edificio de junto también vivían judíos, pero lograron escapar brincando por las azoteas de todos los edificios, poniendo en riesgo su vida. Cuando se calmaron las cosas, salimos a ver los destrozos: el Knis estaba totalmente destruido, lleno de piedras, tiznado, quemado, los vidrios rotos, sillas tiradas por todos lados… no había ni siquiera un solo Sidur para rezar.

El Jajam Moshé Mizrahi (Z”L), que era el rabino principal, se quedó en el Knis durante la quemazón. Se amarró a una silla y dijo “¡Nadie me saca de aquí!”, pero  los maleantes lo sacaron con todo y silla de frente a la fogata donde ardían los libros y Sifrei Torá, obligándolo a ver cómo se consumían en las llamas. El rabino hizo correr la voz: “Todo aquel que tenga libros de rezo, por favor traerlos al Knis, mientras nos mandan libros de América (Nueva York)”, ya que los libros traídos de Israel estaban prohibidísimos. Si alguien poseía cualquier artículo religioso que ostentara la etiqueta  “hecho en Jerusalén” merecía el peor castigo o la muerte, porque significaba que éramos sionistas. Siempre teníamos que revisar los tefilim, los talitot y los libros… que no ostentaran un Maguén David o letras en hebreo.

Pocos meses después intentamos rehacer nuestra vida cotidiana. La gente abrió nuevamente sus tiendas –que también habían sido saqueadas- y los niños comenzamos a ir al colegio. En el camino, siempre nos topábamos con niños árabes, pandilleros profesionales que nos pegaban y nos aventaban piedras, nos quitaban las gorras y casquetes cuando hacía frío y nos despeinaban. Sólo dejaban de molestarnos cuando nos obligaban a pronunciar -después de ellos- la palabra “Shahida”, que significa que soy testigo de que Mahoma es el enviado de D-os en el mundo y que no hay más D-os que Alá. Para evitarlos, rodeábamos por otros caminos, aunque fueran más largos, pero nos ingeniábamos para no encontrarnos con ellos. Fue una época en que el odio hacia los judíos se dejaba sentir en todos lados, incluso con amigos y vecinos con los que nos llevábamos muy bien. Todo por ser “sionistas anti árabes”.

Nadie podía tener un negocio a su nombre mientras fuera judío. Nos obligaban a portar una identificación, en todo momento, que tenía cruzada en grande -y con tinta roja- la palabra “Musawi” (seguidor de la fe mosaica). Si nos detenían por ello, teníamos que decir “Soy judío, no soy sionista”. El trato era terrible e indignante hacia todos nuestros hermanos, incluso de noche venían a tocarnos la puerta para revisar la casa y contar a los miembros de la familia.

Mi abuelito, Yusef Harari (Z”L),  tenía el oficio de “Mijtab”, que era como jefe  de manzana o notario y trabajaba voluntariamente, ya que no recibía dinero por ello. Tenía el registro de toda la comunidad y llevaba el censo en unos libros oficiales muy grandes, con folio. Durante años los tenía uno encima de otro en un escritorio donde él trabajaba en la casa. Cuando los árabes venían a revisar los libros –y en alguna ocasión llegaron a llevárselos todos- nos asustábamos mucho y nos escondíamos hasta que se iban.

Creo que tuvimos la bendición de ser un poco más privilegiados que otras familias porque mi papá, Aslán Harari (Z”L), era contador de un banquero árabe muy importante. Gracias a esto, no eran tan estrictos con nosotros: nos dejaban entrar al cine gratis y nos daban el mejor balcón, así que íbamos con mis padres seguido. Gracias al trabajo de mi papá, vestíamos y vivíamos bien… hasta teníamos una sirvienta armenia y una lavandera húngara.

El Kitab tuvo que contratar maestros árabes para las materias seculares. Para el hebreo, nos permitían solamente la lectura, no el estudio, aunque nos ingeniábamos para rezar. La mayoría de los niños fuimos inscritos en la Alianza Francesa, que tenía alrededor de 600 alumnos. Los árabes la quemaron porque eran anti-franceses y fundamentalistas. Por eso tuve que irme a estudiar a una escuela de curas, quienes me eran muy simpáticos. Los llamaba “Jajam” en vez de “Padre” y me pegaban en la cabeza. El nombre del colegio era San Nicolás de los Romanos y Apostólicos. Yo era el único judío de la escuela y el Padre me ponía como ejemplo de convivencia judeo-árabe, aunque no lo veía tan convencido.

Las cosas empeoraron y no teníamos permiso de viajar ni siquiera a 20 kilómetros de distancia de Alepo, y mucho menos pronunciar la palabra “Israel” (le decíamos Eretz, que significa “la tierra”). Las familias comenzaron a mandar clandestinamente a sus hijos adolescentes a Israel: niños de13, 14 y 15 años se escondían debajo de los asientos de los autos y trenes, por supuesto, con un “arreglo” económico previo con la policía, que les ayudaba a escapar. Para saber que los hijos ya habían llegado seguros a su destino, mandaban un mensaje secreto diciendo “ya llegó la mercancía”, porque en caso de ser atrapados, los torturaban y luego los mataban.

Esto le sucedió a un hombre conocido de mi barrio, Nissim Sasho, quien era muy ingenuo y durante una revisión rutinaria en su casa preguntaron por su hijo. ¡Para qué les dijo la verdad el pobre inocente! Por mencionar que se había ido a Israel, lo torturaron de forma brutal: le escupieron en la cara y lo insultaron hasta que se cansaron, le arrancaron las uñas una por una y lo golpearon con una vara de bambú en los pies hasta que se hincharon.

Rescatar nuestro primer Séfer Torá para dar continuidad a nuestro legado religioso fue toda una odisea, ya que había una guenizá (lugar donde se entierran los objetos sagrados en desuso) que a decir de todos era un lugar peligroso y lleno de animales ponzoñosos. Por unas cuantas monedas un joven árabe arriesgó su vida y bajó al lúgubre y peligroso lugar en repetidas ocasiones y logró sacar hojas de pergamino y libros quemados. El Jajam unió parte por parte y así pudimos comenzar justamente con la perashá que tocaba ese día. A eso… a eso le llamo un verdadero milagro de D-os.

Fuente: Enlace Judio

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